martes, 9 de octubre de 2018

El placer de viajar en coche clásico

En su célebre obra El Criterio, Jaime Balmes, teólogo, tratadista político, sociólogo y a la sazón uno de los más relevantes filósofos españoles del siglo XIX, relataba una escena imaginaria en la que el famoso pintor renacentista Rafael contemplaba extasiado un oscuro y antiguo cuadro de autor desconocido que mostraba un desolado paisaje crepuscular consistente en un Sol poniente deslizándose por debajo del horizonte y llenando el lienzo de agudas sombras y afilados claroscuros. A levante del cuadro se observaba una tímida Luna emergiendo en cuarto creciente mientras que algunas estrellas comenzaban a resurgir entre las tinieblas celestes. Completaba la escena una mujer que con desgarradores y sobrecogedores ojos parecía implorar con la mirada al cuadrante lunar alguna suerte de conjuro contra cualquier anhelo o desdicha.



En su ensimismamiento ante tamaña escena, Rafael no se percata de que, en determinado momento, acierta a pasar junto a él un peripatético y estrafalario personaje que deambulaba taciturno por los alrededores. Dicho individuo, astrónomo de profesión, se queda mirando ante los ojos embelesados de Rafael en el cuadro, y, reparando en las estrellas y la Luna, comienza a realizar descalificadores comentarios de desaprobación ante lo que él considera tremenda estupidez, explicando desfases e inexactitudes en tangentes a las órbitas, planos que pasan por el ojo del espectador, focos de elipses, meridianos y demás parafernalia matemática, lo que hace irritar a Rafael y marcharse de allí sin contemplaciones y seguir imaginando el cuadro tal y como él lo percibe sin molestarse lo más mínimo en intentar convencer al astrónomo de su propio punto de vista y sus sensaciones.




La parábola que nos enseña Jaime Balmes con semejante relato está clara: una misma realidad puede tener interpretaciones diametralmente opuestas según quién y cómo la examine, y en general las cosas que se perciben con las intangibles emociones distan mucho de ser explicadas con meras ecuaciones matemáticas. En otras palabras, lo que todos ya sabemos: a las cosas del corazón no les pongas cabeza.



Todo este preámbulo viene a colación porque, en este mundillo de los automóviles clásicos, generalmente topamos con estos dos puntos de vista y razonamiento cuando intentamos explicar a un profano qué es lo que nos aporta circular con nuestros coches y qué es lo nos hace disfrutar con ellos. Esta situación, vivida por todos nosotros, se torna aún más acusada en el caso que nos ocupa: realizar un viaje en solitario de varios días de duración con un automóvil fabricado hace casi cuarenta años, incluyendo quizás una salida del país  al extranjero. Si bien una ocasión como esta es algo altamente apetecible para cualquier poseedor de un coche clásico, para alguien no involucrado en esta afición, semejante aventura podrá ser tildada fácilmente como una locura. Quizás (y sólo quizás) seamos capaces de explicar a nuestro hipotético contertulio que prescindir de elementos como el aire acondicionado, el cierre centralizado, la quinta (ó sexta…) velocidad, el control de crucero y demás hierbas tan imprescindibles hoy en día tiene una compensación en aras de realizar el viaje como a la antigua usanza, esto es, sin mirar el reloj, sin tener en cuenta la velocidad, por carreteras de antaño, percibiendo todos y cada uno de los matices del paisaje y de los pueblos por los que vamos pasando, sin prisas por llegar ni horarios establecidos que cumplir ni nadie a quien rendir cuentas, parando y desviándonos donde nos venga en gana, etc…en suma: viajar siendo dueños de nuestro tiempo y de nosotros mismos. Aunque improbable, podría ser posible que nuestro interlocutor, si es una persona un poco razonable y sensible, acceda a comprender un poco nuestro punto de vista en este sentido, pero aún así insistirá en cuestionarnos por qué no hacemos lo mismo pero empleando un coche actual en vez de una antigualla. Y es que intentar transmitir a un profano el placer que confiere viajar en pleno siglo XXI con un vehículo de otra época, es como obstinarse en la imposibilidad física de que en un olmo crezcan peras, y por ello lo mejor es aplicar la táctica de Rafael y no molestarse en acercar razonamientos con astrónomos. Resulta tarea estéril.





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