En su célebre obra El Criterio, Jaime Balmes, teólogo, tratadista político, sociólogo
y a la sazón uno de los más relevantes filósofos españoles del siglo XIX,
relataba una escena imaginaria en la que el famoso pintor renacentista Rafael
contemplaba extasiado un oscuro y antiguo cuadro de autor desconocido que
mostraba un desolado paisaje crepuscular consistente en un Sol poniente
deslizándose por debajo del horizonte y llenando el lienzo de agudas sombras y
afilados claroscuros. A levante del cuadro se observaba una tímida Luna emergiendo
en cuarto creciente mientras que algunas estrellas comenzaban a resurgir entre
las tinieblas celestes. Completaba la escena una mujer que con desgarradores y
sobrecogedores ojos parecía implorar con la mirada al cuadrante lunar alguna
suerte de conjuro contra cualquier anhelo o desdicha.
En su ensimismamiento ante tamaña
escena, Rafael no se percata de que, en determinado momento, acierta a pasar
junto a él un peripatético y estrafalario personaje que deambulaba taciturno por
los alrededores. Dicho individuo, astrónomo de profesión, se queda mirando ante
los ojos embelesados de Rafael en el cuadro, y, reparando en las estrellas y la
Luna, comienza a realizar descalificadores comentarios de desaprobación ante lo
que él considera tremenda estupidez,
explicando desfases e inexactitudes en tangentes a las órbitas, planos que
pasan por el ojo del espectador, focos de elipses, meridianos y demás
parafernalia matemática, lo que hace irritar a Rafael y marcharse de allí sin
contemplaciones y seguir imaginando el cuadro tal y como él lo percibe sin
molestarse lo más mínimo en intentar convencer al astrónomo de su propio punto
de vista y sus sensaciones.
La parábola que nos enseña Jaime Balmes
con semejante relato está clara: una misma realidad puede tener
interpretaciones diametralmente opuestas según quién y cómo la examine, y en
general las cosas que se perciben con las intangibles emociones distan mucho de
ser explicadas con meras ecuaciones matemáticas. En otras palabras, lo que todos
ya sabemos: a las cosas del corazón no les pongas cabeza.
Todo este preámbulo viene a colación
porque, en este mundillo de los automóviles clásicos, generalmente topamos con
estos dos puntos de vista y razonamiento cuando intentamos explicar a un profano
qué es lo que nos aporta circular con nuestros coches y qué es lo nos hace
disfrutar con ellos. Esta situación, vivida por todos nosotros, se torna aún
más acusada en el caso que nos ocupa: realizar un viaje en
solitario de varios días de duración con un automóvil fabricado hace casi
cuarenta años, incluyendo quizás una salida del país
al extranjero. Si bien una ocasión como esta es algo altamente
apetecible para cualquier poseedor de un coche clásico, para alguien no involucrado
en esta afición, semejante aventura podrá ser tildada fácilmente como una
locura. Quizás (y sólo quizás) seamos capaces de explicar a nuestro hipotético
contertulio que prescindir de elementos como el aire acondicionado, el cierre
centralizado, la quinta (ó sexta…) velocidad, el control de crucero y demás
hierbas tan imprescindibles hoy en día tiene una compensación en aras de
realizar el viaje como a la antigua usanza, esto es, sin mirar el reloj, sin
tener en cuenta la velocidad, por carreteras de antaño, percibiendo todos y
cada uno de los matices del paisaje y de los pueblos por los que vamos pasando,
sin prisas por llegar ni horarios establecidos que cumplir ni nadie a quien
rendir cuentas, parando y desviándonos donde nos venga en gana, etc…en suma:
viajar siendo dueños de nuestro tiempo y de nosotros mismos. Aunque improbable,
podría ser posible que nuestro interlocutor, si es una persona un poco
razonable y sensible, acceda a comprender un poco nuestro punto de vista en
este sentido, pero aún así insistirá en cuestionarnos por qué no hacemos lo
mismo pero empleando un coche actual en vez de una antigualla. Y es que intentar
transmitir a un profano el placer que confiere viajar en pleno siglo XXI con un
vehículo de otra época, es como obstinarse en la imposibilidad física de que en
un olmo crezcan peras, y por ello lo mejor es aplicar la táctica de Rafael y no
molestarse en acercar razonamientos con astrónomos. Resulta tarea
estéril.

No hay comentarios:
Publicar un comentario